Llorá


Una joven estudiante se aprieta los puños debajo de la mesa, mientras su mamá vocifera a los cuatro vientos cómo la mantiene y de ella dependen sus estudios universitarios, por lo que debería estar agradecida.
Lo que ella no sabe es que la muchacha se pasa la mitad de su carrera pensando en recibirse para por fin liberarse de aquellas quejas tan dolorosas.

¿Por qué tengo que callarme cuando mamá me lastima? ¿Por qué no puedo hablar con papá? No, no puedo. Papá se ocupa de todo, papá trabaja, papá me atiende cuando estoy mal, papá está preocupado por la educación de mis hermanos. Papá no necesita que vaya llorando a su pieza a decirle que su esposa me hace sentir más insignificante que esas flores de papel que le regalé para el día de la madre y las tiró a la basura. No puedo aflojar. No puedo dejar que me vean así, no puedo. Ellos no me pueden ver así y no puedo permitir que ella se entere que me rompe cada vez que me recuerda que mi vida depende de ella. No puedo meterme en su relación y pedirle que interceda. Ya soy adulta, estoy mal yo, no puedo ser tan frágil, ¡tan débil! Soy una estúpida, ¿por qué sigo llorando? Si siempre fue así, ella nunca me quiso, ella nunca va a estar orgullosa de mí. No puedo dejar que vean que me afecta. Aunque me duela todo adentro, yo voy a ser mejor, no se van a dar cuenta que me tocó. Juro por mi vida que no voy a dejar que me vea quebrada, que cuando tenga mi título ella no va a estar. Juro que lo que me dice no me va a doler más, que voy a ser mejor que ella y que nadie va a pararme. Tengo que ser fuerte, tengo que aguantar. Mi papá se lo merece. Mis hermanitos se lo merecen. Le debo el título, pero no mi carrera. No me puedo quebrar. No. No llores más, no seas tan débil… ¡No llores más! No te olvides de esto, no debes llorar. Es insignificante, esto que siento es una estupidez. Soy adulta. No puedo llorar porque mi mamá me trata mal. No puedo.
El papel se rompe mientras ella se seca las lágrimas. Apretó demasiado fuerte el lápiz con el que escribía.  
-Ya está. –suspira arrancando la hoja de su diario, dejando su bronca en el bollito que vuela a la basura.

Un chico de quince años se ríe a carcajadas con sus compañeros del colegio, mientras sus amigos hacen chistes sobre el pibe raro al que acusan de gay por no saber jugar al fútbol.
Lo que ellos no saben es que el fútbol obligado de los domingos y la cerveza horrible que le hacen pagar de sus pobres ahorros que tanto le cuesta juntar.

No quiero ir. No, no es que me sienta mal, no puedo. No tengo ganas. Ya te dije, odio ir a la casa de Fran. Me duele la cabeza, me van a obligar a tomar. No, no puedo decir que me duele la cabeza, la última vez me cargaron toda la semana. Si te conté, me dijeron minita. No puedo quedarme tampoco porque Fran le dijo a su papá y este le contó al mío. No sé qué hacer, estoy harto. ¿Vos pensás que les va a importar? Ayer Mauri dijo que se sentía mal porque su mamá está enferma y todos se coparon haciéndole chistes, dizque para que se le pase. No, no le mandé mensaje. ¿Mira si le cuenta a los chicos? Van a tratarme de gay. No, nunca hablamos por privado, solo en el grupo. Mi mamá ya me preguntó tres veces si voy a ir y mi viejo me habló del “partido del siglo” en la mesa como si me hablara de un milagro, no le entendí nada. Preferiría quedándome a estudiar, nunca voy a aprobar matemática si no me dejan tranquilo los sábados. No sé. Me quiero quedar en casa. ¿No podes venir? Uh, perdón, si me dijiste. No, no es necesario. Ahí vino mamá de nuevo, voy a tener que ir… No, no se me ocurrió nada. ¿Podés llamarme en una hora? Masomenos cerca del final, digo que te dejaron la casa sola. Si, no van a decir nada. Seguro hacen bromas, pero por es mil veces mejor que me digan pollerudo a marica o mal amigo por no ir. Ya sé, ya sé, es lo que hay. Son mis amigos. Estoy bien, te lo juro. Ahora me lleva mi viejo y se me pasa. Te escribo cuando llegue. Yo también te amo, gracias.
Un cartelito de “Poca batería” sale en la pantalla del celular mientras él lo bloquea y busca el cargador. No vaya a ser que se quede incomunicado y no pueda liberarse después.
-Ya voy.-responde al grito de su papá. Se traga la saliva para pasar el nudo en la garganta de lo solo que se siente por no poder huir de lo que le dijeron que debe hacer. Se recuerda que es un hombrecito grande. No puede llorar.

Una madre soltera le sonríe forzadamente a sus hermanos, mientras estos hacen chistes sobre lo agradecida que debería estar por al menos tener un novio que se encargue de su hija.
Lo que ellos no saben es las ganas que tiene de separarse de ese novio que la presiona diariamente para anteponer el tiempo con él antes que con la pequeña niña.

Dijeron que era hermoso ser madre. Me dijeron que era una bendición en mi vida a pesar de no haber cumplido los 18, que no necesitaba a nadie más que a mi marido y que el amor de mi hija iba a solucionar todos los problemas. Dijeron que el embarazo era la mejor sensación del mundo, que el dolor del parto desaparecía cuando me ponían a la bebé en el pecho. Que los ojos del padre de mi hija orgulloso de su nacimiento iba a significar que tenía la vida feliz asegurada.
Cuando me dejó me dijeron que seguro era culpa mía porque no lo atendía bien. Cuando conté que me había agarrado el brazo muy fuerte más de una vez me dijeron que no sea exagerada, igual que cuando dije que me daba miedo como llegaba alcoholizado los domingos. Dijeron que tenía que estar agradecida con que vuelva del laburo directamente a la casa, aunque no quiera ayudarme con la bebé. Por ahí le nacía el instinto paternal después. Cuando conté que salía de fiesta todos los fines de semana dijeron que era necesario porque era joven y necesitaba distraerse, así después no se la agarraba conmigo.
Se pusieron felices cuando conocí a Pablo. Se alegraron por mi estabilidad económica cuando conté que él le regaló los útiles para el inicio del jardín. Se pusieron locos de contentos cuando se los presenté y se la pasó hablando de su título universitario recién conseguido y del puesto que le dio su papá en el buffet de abogados de su familia. Me dijeron que soy una tarada si pienso en dejarlo porque no se quiere relacionar directamente con Clarita. Quieren que la convenza de decirle papá, si apenas entiende por qué a veces no la saluda. Lo entienden cuando me pide que salgamos a bailar y la dejemos a la gorda con mi mamá…quieren que esté orgullosa porque alguien se fijó en mí a pesar de ser madre soltera.
¿Por qué todos entienden a todos y menos a mí?  Quiero llorar…fracasé como mujer cuando me dejé violar por ese novio que me dijo que iba a cuidarme. Fracasé como mamá cuando odié el embarazo y me obligué a sonreírle todos los días de mi vida a una nena que se merece el cielo que yo no puedo dar. Fracasé como hija cuando le dije a mi mamá que quería estudiar y ella tomó como una ofensa al hecho de no querer ser como ella. Fracasé.
Las lágrimas se le escurren por toda la cara y no lo puede evitar. Ya no puede escribir más, así que aprieta “Publicar”.  Sin corregir ni mirar, solo lo publica en el blog anónimo que lleva desde hace años. Escucha el llanto de su hija en la pieza de al lado, mientras suena una notificación de su celular y un “bip” en la pc.
-Ya estoy. –suspira agobiada. Los mensajes de gente que no la conocen llegan uno tras otro, abrazándola virtualmente como nadie de su círculo íntimo lo hace. Se limpia la cara y respira hondo antes de ir a ver a su hija. En minutos van a llegar visitas, no pueden verla llorando.

No los pueden ver llorar porque nadie les dijo que eso era lo correcto. Porque nadie les explicó que gritar, golpear a la almohada, abrazarse a sí mismo es lo que el cuerpo pide cuando la mente colapsa. No pueden llorar porque están fallándole al mundo si se quejan de lo que los obligan a hacer, a vivir, a decidir.
Tenes que ser fuerte, tenes que agradecer tener padres que te mantengan, aunque en el proceso te hagan sentir miserable por cada cosa que te regalan. Aunque te sientas, sola, presa, agobiada, triste… aunque llores de la bronca cada vez que te sentís inútil por no memorizar un texto, aunque tiembles de miedo por rendir mal una materia y escuchar cómo te juzga el resto, como creen que te pasas la vida livianamente porque tenes una cama calentita y un plato en la mesa. No podes llorar porque tenes todo. Porque sos adulta.
Tenes que hacer lo que hacen todos, tenes que seguir al resto. Sos un “cagón” si te duele el pecho cuando tu discutis con tu novia, sos un “marica” si no le silbas a la chica linda del otro colegio que pasa mirando al piso sintiéndose incómoda por cómo le miran la pollera tus amigos. No podes llorar de la bronca cuando tu viejo te molesta porque no heredaste las mismas habilidades futbolísticas que él y te insiste en que te unas a un club perdiendo el poco tiempo libre que tenes para estudiar y no desaprobar matemática. De decirle a tu mamá que necesitas ayuda no hablemos, porque es de tontos hacerse preparar particularmente. No podes ni siquiera defenderte de lo que dicen de vos por juntarte con el grupito. No podes llorar mientras tu novia te acaricia la cabeza y te pide que hables con ella, porque hasta tenes miedo que ella piense que sos débil y no se merece un hombrecito de papel.
Tenes que ser feliz con la familia que te tocó. Si sos la del error más grave tenes que aguantar que incluso siendo sangre de tu sangre se burlen de vos. Tenes que vivir con la cabeza agachada viendo como te hacen favores que no podes negar porque ahora tu vida no solo es la única importante, sino la de tu hija. No podes llorar, las mamás no lloran. Las mamás arreglan todo, saben donde está todo, anteponen el mundo de sus hijos antes que todo. No podes llorar porque serias una mala madre, una desagradecida por no valorar la buena salud de tu nena, aún si tenes que aguantar un hombre que te maltrata en nombre del amor. Tenes que resistir, sos madre, eso te convierte en una piedra que no se rompe. ¡Que no llores te dije! Sos mamá ¿cómo vas a sentir que no podés con todo? ¿Alguna vez la viste llorar a tu mamá? ¿Alguna vez la escuchaste decir que no es una superheroina que hace todo bien?
¿Te duele?
A mí sí.
Me duele en el corazón como nos rompieron la cabeza para hacernos creer que no nos merecemos cinco minutos de llanto. Me duele la idea que nos hicieron de que el mundo es así y si no lo seguimos nosotros estamos mal. Me duele que no podamos gritar lo que sentimos sin que nadie nos juzgue. Me duele los “No podes ponerte mal por eso”.
¡Me puedo poner mal por lo que se me canten las pelotas!
¿Leíste bien?
 LLORÁ. GRITÁ. ROMPÉ UNA HOJA.
Rompete vos.
Y volvé a empezar. Rompe los estereotipos, rompe los lazos, rompe las cadenas que te ataron a pensar que no podes ser frágil, que no te mereces estar triste por las cosas que te pasan, que lo que le pasa a otro es más importante que lo que te pasa a vos. Que lo que te duele es insignificante al lado del que sufre más y no lo dice. Ese que sufre y vos, sienten lo mismo. Los dos se merecen un abrazo, un beso, un “todo va a estar bien”.
Soltá la idea que nos sembraron. Talá ese árbol de mentiras.
Llorá.
Dejá ir lo que te duele, abrázate a vos, abrazá al que siempre está, al que te escucha, y al que no. Pedí ayuda si sentís que no das más, hace esa llamada a la madrugada, decí las palabras “Te necesito”. A veces es necesario caerse, para poder levantarse. Hace faltan las cicatrices para nunca olvidarte a donde no volver.
Soltá lo que te duele, llorá.
No ese soltar que vemos en las películas, ese mágico liberador que te hacen creer que soluciona la vida y es inalcanzable. Soltá de verdad, asumí eso que no podés hacer, asumí que hay cosas que se hacen de a dos, o a tres.
Entendé que el dolor es inevitable. Que para ser feliz, tenes que saber valorar la felicidad. Y para entender qué es la felicidad primero tenes que saber qué es el dolor.
Te prometo que cuando lo dejes ir, vas a estar mejor.


Una cancioncita para acompañar la lectura :)


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