Querido tú
Querido tú:
Estos días te repasé bastante seguido en mi mente. ¿Cómo
estás? ¿Cómo estarás? Es algo que me pregunto a diario. Claro que podría
intentar averiguarlo pero no. Me odiarías si volviese a acercarme a ti.
Hace dos días le conté de tu existencia a una persona
cercana. No podría considerarla una amiga, pero supongo que aún estamos en
aquel trámite de conocida-amiga. Creo que nadie más que tú entenderías lo que
escribo, ya que fuiste quien me enseñó tan crudamente que los amigos no son
cualquier persona que te cruzas en la calle y consigues empatizar un poco. Hay
más detrás de todo eso y puedo entenderlo.
Volvamos al tema inicial: volví a contarle nuestra historia
a otra persona.
Son casi contadas con los dedos de una mano aquellos que
saben de nosotros. Y mucho menos los que creen que lo que nos sucedió fue amor
verdadero. Esta parte la comprendo, ya que pocas personas tienen la dicha y
desgracia de vivir algo tan fuerte como lo hicimos.
¿Cómo le explico a alguien que me enamoré de una persona que
estaba a kilómetros de mí? ¿Cómo consigo que otra persona crea que dejé morir
un amor real por uno al que jamás pude ver en persona?
Nadie más que yo puedo entenderlo. Y digo yo, porque aún hoy
en día temo y dudo sobre si sentiste lo mismo que yo. Puedo hablar desde mi
experiencia pero no desde la tuya. Desearía poder afirmar con seguridad que
sentiste lo mismo y que ambos sufrimos el amor, pero no lo sé. Nunca te pude
ver a los ojos para corroborar si aquellos “Te quiero, idiota” eran realmente
sinceros o no.
¿Cómo se hace?
Mencionarle tu existencia me lleva siempre a pensar en
aquello. En nuestros comienzos, en aquellos primeros mensajes que no podían
predecir que meses después originarían los sentimientos más sinceros y fuertes
que tuve en mis 24 años.
Que difícil se me hace recordar el pasado. Los primeros
días.
¿Alguna vez te habrá vuelto a pasar lo mismo? ¿Estarás
enamorado de otra persona ya?
No fuiste un amor cibernético imaginario. Fuimos dos
personas reales que pensaban demasiado en el otro. Las horas del día nos
faltaban para poder mantenernos en contacto, que es mucho más difícil cuando
vivimos en distintos puntos del país.
¿Te acordarás del primer mensaje? ¿De cuándo nos saludamos
en aquel grupo de personas que apenas se conocía?
Yo sí.
Me acuerdo de esa noche como si fuese ayer. Me acuerdo de
saludarte, de presentarnos, de conversar, de la emoción de hacer nuevos amigos
a distancia, después de haber padecido lo triste que resulta a veces confiar en
amigos que viven contigo y finalmente te fallan de una manera u otra. Creo que
coincidirías conmigo si te digo que pienso que fallarle a las personas que te
quieren está en la naturaleza humana.
Allí estaba yo, entrando en una sala imaginaria donde había
más de 20 personas con 20 historias propias que contar y conocer. Y entre ellas
estabas vos, tan dulce, tan gracioso, tan irónico, sin un nombre en tu contacto
para poder reconocerte. Y allí estuve yo, dispuesta a ponerte un apodo que días
después utilizarías el resto del año. Ese apodo con el que todos te agendaron y
que simplemente surgió por un signo que veía al lado de tu número de teléfono.
Hoy en día esa simple palabra aparece una y otra vez en mi mente y me trae más
recuerdos que tu nombre real. Quizás me enamoré de la persona que creé con ese
apodo y no del real ¿no?
Puede ser, pero realmente quiero creer que no fue así.
Quiero creer que cada palabra fue real. Que tus mensajes
eran una copia fiel de quien eras en realidad, que esa persona que cree fue tu
yo verdadero que no podía mostrarse en tu realidad.
¿Te acordas cómo ignore tu primer mensaje privado? Yo sí. No
me arrepiento porque después fue un tema que nos hizo reír, sobre cómo dejé
pasar nuestra primera oportunidad para conocernos. El tiempo nos volvió a dar
oportunidad y aquellas charlas son inolvidables para mí.
Recuerdo cada palabra estúpida que nos decíamos. Sin
querernos aún, sin saber que íbamos a ser tan importante para el otro. Recuerdo
cómo me presentaste (obligaste a leer) tu manga favorito. La pasión que
sobresalía en las líneas que escribías sobre algo tan simple como un dibujo que
salía cada sábado a la mañana y te mantenía atrapado en aquella historia. Lo
valioso que era para vos que escuche y comparta aquello que te hacia feliz,
algo tan simple como un manga japonés que presentaba una historia cruda,
distinta, filosófica… como algo tan vacío para algunos podía generar en un
joven de 22 años tales pensamientos y reflexiones sobre la vida, muerte, amor,
familia, entre otras cosas de las que pasamos horas y horas conversando.
Aquel comic fue el hilo conductor, la excusa perfecta para
mantener una conversación diaria que nos mantenía presos del celular durante
todo un día.
¿Alguna vez te conté que aquellos “amigos” que tenía en
aquel momento, se molestaban porque sonreía más mirando tus mensajes que
escuchando sus anécdotas? ¿Cómo sacrifiqué la oportunidad de sanar el vínculo
que tenía con la única persona a la que lamento haber herido? No, no te lo
conté. No la parte de aquella otra persona, porque eso era demasiado doloroso.
Me estaba enamorando de unas palabras por mensaje de textos
y desenamorando de una sonrisa fingida que ya no tenía razón de ser. Sentía más
contención por una persona que vivía en una provincia lejana a la mía, que por
quien estaba a mi lado hacía años. Tenía más emoción por recibir un mensaje
tuyo a cualquier hora del día que por ver a esa persona a la mañana para ir
juntos a estudiar.
No soy una persona horrible. Solo alguien que cometió
errores. Eso me hace humana. No pude dejar a tiempo a quien ya no sentía lo
mismo que yo y viceversa, y no pude darte lo que necesitabas antes de que la
situación no diese para más.
¿Pero cómo se lo explicaba? ¿Cómo?
¿Cómo podía decirle que amaba a una persona que no había
visto en persona? ¿Cómo le explicaba que el frío que sentía cuando tomaba su
mano era inversamente proporcional a la calidez que emanaba mi pecho cuando
leía tus buenas noches antes de dormir?
Era imposible que alguien más lo entienda. Que sienta, que
escuche, que vea, que no me sucedía anda irreal. Nadie va a entender jamás lo
que es un amor a distancia a menos que lo viva. A menos que pase por el
calvario y felicidad de levantarse y mirar el celular en busca de un mensaje. O
en nuestro caso, en enviarte uno ya que te gustaba que yo también fuera quien
iniciara la conversación. ¿Te acordas? ¿Te acordas que me hiciste prometerte
que un día te escribía yo primero y al día siguiente vos? Supongo que querías
sentir lo mismo que yo sentía cuando me llegaba un “Hola” tuyo… la emoción
desbordada, el corazón dando un vuelco, la presión subiendo.
Nadie que no se haya enamorado de alguien que no puede ver va
a entender la tristeza de la despedida diaria, de saber que no hay posibilidad
alguna de recibir una caricia, el calor humano de quien te provoca mil y unas
cosas en todo el cuerpo sin siquiera tocarte. El extrañar todos los días, el
desear verlo aunque sea una vez… ¡Que jodidamente horrible es esta parte!
¿Te acordas de aquella conversación que tuvimos un viernes a
la noche hasta la madrugada? En la que después de pasar horas hablando de
música, letras, cantantes y contarnos nuestros gustos musicales, me dijiste que
ella estaba lloviendo y te estabas preparando un café… tu amado café. Y
tatuaste en mi mente una de las frases más lindas que me dijeron hasta ahora:
“Un café, la lluvia y
vos. Sólo con eso debería ser la noche
más hermosa de todas.”
Ese deseo incontrolable de dejar el mundo por un ratito, de
estar con esa persona que te pone la piel de gallina. Esas ganas de huir del
ruido y dormir en aquellos brazos que sabes que iban a acallar los gritos y el
dolor.
¿Cómo es posible hacerle entender a quien no sabe nada de
todos estos sentimientos?
¿Alguna vez le contaste a alguien de nosotros dos?
Espero que sí. Aunque no lo hicieras, no me molestaría. Me
gusta imaginar que aunque aquel fuego ya se apagó, aún viven esas cenizas en
nuestros corazones. Que si me quisiste como yo te quise a vos, que si sentiste
las famosas mariposas que yo sentía cuando me mandabas un audio con tu hermosa
voz tierna, esa que no te gustaba porque querías que sea más “varonil” (¿para
qué? Si para mí era la voz más linda del mundo). Que si te dormiste imaginando
una y otra vez un encuentro, un abrazo, un beso, una caricia. Que si deseaste
con tantas ganas que la distancia que nos separaba se acorte de un día para
otro y correr a tus brazos para no separarnos jamás. Que aquellas charlas
eternas hubiesen ocurrido en persona, tomando un café y discutiendo por todo
aquello que el resto ve como aburrido. Sobre libros, filosofía, ovnis, amor,
familia, problemas, adicciones, política, economía, utopías, tabúes,
cliches…todo aquello que se nos ocurría con tal de seguir juntos un rato más.
Ojala atesores en tu corazón ese video que te envíe
bailando, así como yo atesoro en la memoria cada video que conseguí que me
mandes tocando tu guitarra, con labios apretados y hombros tensos, casi nunca
mirando a la cámara y esbozando muy pocas sonrisas que provocaban que me
hiperventile al verlas (cuantas veces habré repetido esos segundos para
memorizar tu sonrisa). ¿Sabes cuánto tiempo guarde el video de tus hermanitos
peleando? Porque sentí una alegría tan inmensa cuando me compartiste un
pedacito de tu vida, de tu día a día. Aquel que no pude compartir nunca con
vos.
Ojalá no me odies como me dijiste al final, que no sientas
que nunca te quise ni te valoré. Ojala que alguna vez puedas leer estas
palabras y saber cuánto te amé. Cuanto me arrepiento de los errores que cometí
y de no haber peleado lo suficiente por lo que pudo ser pero nunca llegó a ser.
Nadie va a entender sobre amor a distancia a menos que lo
viva. Como vos y yo. Aunque hoy nos separe mucho más que un par de kilómetros.
Siempre en mi corazón.


Comentarios
Publicar un comentario