Complacer al resto

Me estoy ahogando, no puedo respirar y me duelen las piernas y el cuerpo en general. Estoy cansada.
Se supone que esto me gustaba, o se supone que me gusta en realidad. Pero ¿por qué solo tengo ganas de tirar la toalla? Desde que empecé a transpirar con los primeros abdominales, deseo parar y volverme a la cama.
Tengo sueño, son las 8 y media de la mañana y llego casi 10 minutos tirada en el piso, sin más ganas de vivir ni de seguir.
El teléfono suena.
Una burla de mi hermano como respuesta a mi consulta sobre si hice bien aquel ejercicio. Suspiro y decido terminar con todo esto. ¿A quién quiero engañar? Él tiene razón, soy un pedazo de grasa que apenas puede moverse sin que le cueste inhalar.
Me acuesto de nuevo y apretó mi Iron Man de peluche. No, no soy eso. Solamente me desanimó la respuesta de la persona por la que decidí hacer ejercicios y ponerme en forma.
¿Hasta cuándo voy a seguir haciendo esto? ¿Cuándo dejaré de querer complacer al resto?
Odio la manera en que mi vida se fue por el inodoro gracias a cada decisión que tomé tras un camino guiado por otras personas que no soy yo. Odio haber empezado a odiar mi cuerpo el día que mi hermano mayor me dijo que estaba gorda y que nunca iba a tener un novio lindo si seguía en cama leyendo libros y garabateando dibujos sin forma.
Hasta ese día no tenía ningún problema con la única casa que habito realmente. No había conflicto entre el espejo y yo, y la ropa que usaba me gustaba a tal punto que nunca se me había ocurrido la necesidad de cambiar los talles por dos medidas menores. Era feliz, al menos en ese aspecto.
Un momento de flaqueza, una pequeña semana mala en mi vida y un comentario que llegó en un momento inapropiado me hicieron decidir comenzar a hacer ejercicio a la par de aquel chico que hace 8 años va al gimnasio y se alimenta de proteínas y quien sabe que más para tener un cuerpo demasiado tonificado para mi gusto. Pero si él, mi hermano mayor, mi mayor ejemplo familiar, me lo decía, supuse que era por algo.
Pero esa no era yo. Era  mi versión débil y lastimera que dejó entrar una tonta idea que ahora me hace llorar todas las mañanas.
Cada cosa que no me sale, me hace llorar mientras lo imagino a él diciéndome que tan tonta me veo intentando levantar una pesa sin tener la técnica y arruinándome la espalda. Porque, claramente, mi obsesión por contentar y enorgullecerlo llegó al nivel de querer ejercitarme en casa incluso yendo al gimnasio todos los días.
Despierto enojada conmigo por obligarme a levantarme cuando tengo sueño y solo quiero abrazar a mi cama. Me llevo ese enojo al desayuno y preocupo a mi mamá cuando no quiero compartir con ella las masitas dulces que le gustan y también me gustaban a mí. Me pone triste no estar de buen humor para conversar con ella y me levanto de la mesa más enojada que antes, con la excusa de ir a la verdulería a comprar lo necesario para ese almuerzo liviano que no me llena pero que según mi hermano me va a ayudar a bajar la panza.
Mientras me voy, mamá intenta por última vez conversar conmigo y lo arruino de la peor manera, a pesar de no ser su culpa. “¿Tenés clase hoy?” pregunta sonriente, acompañándome a la puerta.
Me acuerdo que tengo que ir a la peor clase del mundo, la más aburrida y la que más odio y me enojo mucho más. Le contesto secamente y me voy de un portazo.
“Perdón mamá, no es tu culpa”. Lloro por dentro.
A pesar de haberle echado la culpa durante tanto tiempo, admito con dolor que fue solamente mi decisión elegir aquella carrera como mi futuro profesional, y aquello me enoja por mil. Me acuerdo como me presionaron papá y mamá para que elija una carrera universitaria y no la carrera de arte que quería hacer,  mientras me lastimo la mano por hacer tanta fuerza al apretar los puños.
Yo tenía la palabra final y cedí al miedo a la decepción en los ojos de papá. Siempre fui su hija 10 y temía ver esa mirada horrenda con la que miran a mi hermana mayor por elegir una familia antes que estudiar. Hoy miro a mi hermana con orgullo porque ella es feliz y yo no.
Mi hermana mayor decidió hacer lo que quiso a pesar de que nadie la miraba con orgullo y que las voces apuntaban a que era una causa perdida. Pero hoy se ríe en la cara de quien se atreva a meterse con ella, porque está más que cómoda con la decisión que tomó y llevó adelante, y cada abrazo cariñoso de mis sobrinos le hace reafirmar que nunca cambiaría su pasado.
Yo sí. Cambiaría la mitad de mis decisiones y eso me pesa en la espalda como si tuviera la joroba que me decían que tenía cuando era más chica y caminaba encorvada.
Lo irónico es que camino mirando al piso actualmente. Me da vergüenza mirar a la gente, me da vergüenza que alguien pueda ver a la pequeña yo que desde que es mayor dejó de ser quien quería ser y ahora se esconde tras una musculosa de flores y un jean ajustado que odio pero que supuestamente debo usar porque soy grande y tengo que verme bien ante el mundo.
Odio que lo único que sea decisión mía sean mis zapatillas rojas, esas que mi novio vive menospreciando y me pide diariamente que las tire y use las que él me regalo. Unas blancas con flores rosadas. Diuj.
Llega un momento en que tengo que apagar mi oído, cuando vamos de paseo en el auto de la persona a la que digo amar y vamos escuchando una música horrenda que le gusta a él y que según todo el mundo debería de gustarme. “¡Cómo no te va a gustar el folclore!” gritan todos, minimizando el supuesto amor que debo tener por mi tierra y haciéndome sentir chiquita. ¿Qué tan mal está escuchar música en otro idioma?
Lastimo a la patria, me dicen, con un Iphone en la mano, una remera de una marca Europea y las ultimas zapatillas Nike de moda en Estados Unidos, mientras vamos al Mc Donalds.
Por sobre todo, odio que ante la insistencia de mantener mi cabello de un solo color, haya sonreído cuando mi pareja me dijo que el color negro me quedaba bien y que ya estaba grandecita para tenerlo de rosado, verde o morado. Odio no habérmelo teñido de verde, porque fue el único color que me falto pintarlo cuando el mundo me parecía más mío que al resto.
Estoy enojada y pasé la mayor parte del día gritando por dentro y sin escuchar al resto. Otro día más que pasó y de nuevo me encuentro en mi cama, mirando al techo hasta las 3 am maldiciendo tener que levantarme temprano a hacer la rutina que me manda mi hermano.
Pero más me odio a mí misma.
Odio no sonreír.
Odio no complacer a nadie y al mismo tiempo pelear contra mí misma para complacer al mundo. Odio haber cedido con mi ropa, con mis ideas, con mi futuro, con mis gustos.
Odio haber dejado de escribir, odio haber dejado de leer, odio haber dejado de escuchar tan seguido aquellas canciones hermosas en italiano que me hacían volar y disfrutar la música. Odio haber dejado de bailar cuando en casa me dijeron que lo hacía mal y que la plata invertida en la Academia la podría gastar en un mejor celular. O mejor ropa. Odio tener vergüenza de decir que quisiera saber hablar alemán o japonés, porque dicen que Alemania es traición y que Japón es para raritos. Odio no meter la mano en el bolsillo y comprarme esa figurita de Goku tan linda que vi en el centro, y guardar esa plata para un labial que nunca voy a usar porque no me acostumbro a maquillar mi cara a pesar de pensar en esconderla a diario.
Amaba mi personalidad porque creía que saber escuchar a las personas era un don. Ahora maldigo como hice que ese talento se convierta en una maldición que me arrastró con furia desde que me hice mayor.
Maldigo, en todos los idiomas posibles, como el mundo consiguió acallar mi voz y acostumbrarme a seguir una corriente vacía que no me hace feliz.
Y me la paso preguntando, todos los días antes de dormir: ¿para qué carajo sigo intentando complacer al reto del mundo?

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