Costumbre
Ayer recibí un mensaje de una amiga a la que le tengo mucho
estima. Un mensaje raro, por todo el contexto que lo rodeaba. La hora (casi
medianoche), el momento (pleno encierro social) y tras casi una semana de no
saber de ella.
“No sé qué es lo que me pasa. Hace cuatro noches que lloro
antes de dormir.”
Si hay algo de lo que solía jactarme, era de tener amigas
fuertes. Envidiable a la hora de necesitar consejos o apoyo moral, pero un poco
difícil cuando buscas abrazo o consuelo. De todas maneras, aquella persona
nunca demostró incomodidad con la vida que lleva. Casi siempre la veo orgullosa
de las decisiones que tomó, fuerte, segura de sí misma, amante de su
personalidad, su físico y su bella hijita de 3 años.
¿Sabes lo loco que suena leer aquella frase provenir de
ella?
Intenté indagar en la situación y cada palabra que devino de
esa confesión me hizo ver lo que ella no pudo ver, ni al acabar la conversación.
Frustración, dolor, tristeza…y arrepentimiento.
Estos tristes días de distanciamiento social hizo detener una
vida que corría a gran velocidad. Esa vida de madre que se ocupa de cada
detalle para que el resto esté bien y satisfecho, pero que apenas se hace un tiempo
para sí misma. A pesar de mentirse todo el tiempo con este detalle, puesto que
por tomar una cerveza con su mamá a las 23:00hs una vez a la semana, se
autoconvence que jamás de deja de lado a sí misma.
Quisiera decir que ella escuchó cada consejo que le di, pero
sé, como toda buena amiga, que aquellas palabras se borraron a los cinco
minutos con el primer meme que me mando tras negar casa una de mis ideas. Pero
sé también, que en algún momento, en la sexta, séptima o quizás hasta en la
décima noche de llanto, mis palabras van a hacerle ruido.
Pero también quisiera decírselo a aquella que se siente así
y no tiene ni encuentra consuelo en nadie.
Ese dolor, esa tristeza que siente, no viene de la nada. Si
tu mente hace ruido, a pesar de no comprenderlo en el momento, eventualmente
vas a descubrir que es por algún motivo. Nadie se pone triste sin razón, nadie
llora ni se angustia por el pasado a menos que sea el presente y se niegue a
aceptarlo.
Nadie que haya sufrido años en una relación dolorosa y aún
así haya luchado ciegamente por ese amor contra viento y marea, y no se
arrepienta de nada, se pone a analizar cada decisión tomada una noche de martes
cuando todos duermen y nadie puede escuchar. Y todas hemos pasado por eso, lo
cual es más triste todavía.
Cuántas de nosotras no le lloramos a la almohada preguntándonos "¿Por qué?".
¿Por qué siento esto? ¿Por qué no me quiere? ¿Por qué es así
conmigo? ¿Por qué tuve que pasar por todo eso para obtener algo de afecto? ¿Por
qué tuve que pelear para que sea un buen padre? ¿Por qué tuve que llorar para
que entendiera que lo necesitaba? ¿Por qué tuve que enojarme por más de dos
días para que sepa que estaba mal lo que hacía?.
Y así, una infinidad de porqués.
Pero el problema falla cuando, la vida nos pasa por arriba y
un día nos dimos cuenta que la costumbre de una vida difícil se nos pegó en la
mente como un tatuaje horrible que vos decidiste hacerte y ahora no te lo podes
borrar. Es entonces cuando llega el momento clave en que tu cerebro no da a más
y se confabula con el corazón para hacerte saber que cada sentimiento guardado explotó
dentro tuyo y te sentís más rota que nunca.
Allí empezas a cuestionarte todo cuanto hiciste en el
pasado. Cada vez que llorando te juraste que no ibas a volver a caer en la misma
y después las lágrimas volvían a caer escuchando promesas de cambio que no
llegaron, o llegaron tras mil tropezones más. Ahí miras las cicatrices que te
quedaron y te cuestionas si valieron la pena.
Miras al lado y aquel hombre al que amaste es otra persona.
Cambió (en el peor de los casos no) pero a un costo muy alto que tuviste que
pagar.
Y lloras. ¡Claro que lloras! Porque de un día a otro tu vida
está abocada a un pequeño ser que llegó para cambiar todo, sobre todo tu amor
propio. “Los padres aman a los hijos por sobre todo, incluso por sí mismo”.
Quizás esto no les guste a nadie pero… ¿de verdad es así? ¿De verdad esperas
amar y enseñarle a tus hijos el amor propio cuando vos no lo tenes más?
Ese amor que se te cayó quien sabe dónde y cuándo, si en la
pelea en la que te dijo cosas horribles sobre tu físico o la quinceava vez que
te pidió perdón por fallarle a tu hija. Ese amor que ya no está y te hace
pensar que no podes abandonar la vida que tenes porque ¿qué harías sin él? ¿Qué
haría tu hija sin él?
¿Duele no? La mierda que tenemos en la cabeza… como nos
criaron para pensar que estamos bien como estamos y que es mejor estar en un círculo
vicioso de estabilidad económica pero una pérdida total de estabilidad
emocional. Te convenciste mil veces que sin el padre de tu hija no vas a
avanzar, que nadie te va a mirar nunca más si te separas, que te da pereza
conocer a otra persona, que sin el sustento que te da él tu hija jamás va a
tener todo lo que te merece.
Te atas a vos misma a un dolor constante que ocultas gritándole
a la almohada a las 2 am.
Pero lo peor es que seguís llevándole al mundo que tu vida
es feliz y reproducís en tu hija ese modelo que duele tanto. Porque aunque te
duela aceptarlo, tu nena crece con esa idea, de mamá y papá están juntos a
pesar de todo…y la nena crece, y se da cuenta. En algún momento se va a dar
cuenta que mamá y papá ya no se quisieron, que ya no se ríen, que están juntos
porque… ¿por qué? ¿Por culpa de ella?
Y creeme que sentir que tus viejos no rehicieron su vida por
tu culpa es una mierda. Porque esa nena que crece, se va a enamorar tan
profundamente que se lo va a preguntar. Va a tener dudas sobre porqué el
matrimonio de sus viejos no es como la relación que tiene con su amigo de la
infancia o su compañerito de la secundaria. ¿El amor será así o es como el que
tienen sus padres? ¿Es algún mensaje? ¿Si tengo un hijo con alguien significa
que no puedo dejarlo porque “necesita a sus padres juntos”? Y mil preguntas más que quienes sabemos de
esto, nos hicimos en algún momento.
Así que, no, ahí ya no es más.
Quisiera decirle de nuevo a ella que la costumbre no la ata
a una vida sin amor ni experiencias nuevas. Quisiera decir a ella que si hay
una voz que todas las noches la hace lagrimear, que la escuche, porque es su
propia voz. Aquella que perdió de tanto gritar ayuda… Quisiera decirle a ella,
que su hija necesita a sus padres felices. Que su hija necesita ser feliz y
crecer en el mundo sabiendo que el amor no es ataduras, no es costumbre, no es
rutina ni obligación, que el amor es lo más maravilloso que hay, y qué decirle
de cuando descubra el amor propio. Es por ese amor por el que va a tener que
luchar, y no tenemos que seguir repitiendo discursos obsoletos.
Quisiera decirle a mi amiga, que es hermosa, fuerte y
poderosa. Que no necesita a nadie al lado para ser una madraza, un tremendo
mujeron y una gran persona. Y sobre todo, que se merece mucho más amor del que
ella cree ser merecedora.


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