Aprendí


Y al final, aprendí.

A golpes sentimentales en el corazón aprendí que no todo el mundo haría por vos lo mismo que vos das por el mundo. Que aunque tu bondad sea grande, no contagia a los demás, como si de un resfriado se tratase.
Me negué rotundamente toda la vida a admitir que las personas te cagan cuando menos lo esperas. Me sigo negando, aunque no lo quiera asumir en voz alta y en letras mayúsculas. Todavía me duele adentro que aquellas frases tontas sobre gente que promete estar a las 3am si las llamas llorando son solo personajes de los cuentos que tengo acumulados en la biblioteca. La herida de descubrir que tenía que madurar me sigue sangrando, sobre todo con esa persona.
No busco autoproclamarme el ser más amoroso y bueno del mundo. Pero estoy. Estuve, al menos. Y sigo estando, pero ya no me hace feliz hacerlo. De repente la felicidad que sentía por recibir la sonrisa del otro ya no la siento. Me siento vacía.
A golpes aprendí que por más abrazos que reparta, a no todo el mundo le gustan los abrazos. Que mi sobrinito llorando valora más mi amor porque no tiene consciencia, como ese novio que odiaba que lo abrazara cuando estaba triste y en realidad solo podía pedirme que me vaya lejos y lo deje solo.
En base a decepciones amorosas aprendí que el amor romántico no iba más. Que las cartas de amor que tenía escritas eran papel para la basura, como mis “Te amo” y las canciones de amor dedicadas a la madrugada. Aguantando las lágrimas a medianoche aprendí que no todos quieren hablar para arreglar una relación y que pedirle perdón a alguien por tus errores, más que una señal de valentía, eran una atadura a una culpabilidad que nunca iba a desaparecer.
Con el corazón roto entendí que él no va a acompañarme como yo podía acompañarlo. Que las palabras que tengo para repartir esperanza y buenos deseos solo me nacen a mí, porque al otro lo único que le sale es un “No estes triste”, ya sea porque no sabe expresarse o porque el mundo también se cansa de tus problemas.
Abrazando a la almohada aprendí que dormir abrazados era un cuento que te venden las películas y que las reconciliaciones con besos con sabor a llanto solo estaban bien vistas en los libros que me gusta leer desde chiquita.
Sintiéndome sola aprendí que nadie sacrifica su comodidad por el otro, y que mis esfuerzos por aceptar los defectos de la persona amada eran inversamente proporcionales a dejar que esa persona crea que iba a aguantar todo en nombre del amor que gritaba. Llorando frente a la espalda de la persona que me amaba, entendí que la paciencia que le tenía a sus berrinches eran su fuerte para contraatacar los “me hace mal que me hagas esto” con un “yo soy así y así me tenes que amar”.
Abrumada entendí que nadie con cordura sacrifica sus horas de estudio para ayudar a las tareas del otro, que nadie acepta sobreponer los gustos del otro antes que los propios, que nadie es feliz de servirles a los demás sin esperar nada a cambio.
Aburrida entendí que nadie tiene el mismo concepto de hacer cosas juntos, mientras esperaba que la persona que me amaba dejara su celular o la playstation para preguntarme cómo me había ido en el día. Triste entendí que no a todos le interesa saber qué tal les fue en el trabajo y que no todos reaccionan bien ante una interrupción o una pérdida de vidas en el Mortal Kombat.
Callada aprendí que a veces mi lugar no era al lado, sino atrás y en silencio, esperando el permiso para hablar.
Enojada aprendí que si no era lo suficientemente buena como “mujer” según la mamá del hombre al que amo, no iba a poder formar parte de su futuro.
Vacía, aprendí, que estaba aprendiendo a no quererme más.

Y un día, aprendí que estaba buscando en un camino que no avanzaba, sino en un pasaje de regreso.
Hoy, tengo miedo de volver a querer. Tengo miedo de abrazar, tengo miedo de decir “Te amo” en los momentos inadecuados, temo escribir algo bonito en un papel por miedo a que se rían. Me da pavor equivocarme o pedir ayuda, pedir contención o una caricia que me levante el ánimo. Me siento incómoda de escuchar la música que me gusta, me siento triste de hablar de los libros que leí o las películas que descubrí. Tengo miedo de sentir aquella sensación de indiferencia cuando le hablo a otra persona de las cosas que más amo y temo que me ignoren. Tengo desconfianza de volver a hablar en medio de una partida de FIFA, o preguntar algo mientras ve un video demasiado interesante como para prestarme cinco segundos de atención. Hoy, me acostumbré a tener que esperar una respuesta, por más urgencia que tenga, me memoricé el discurso sobre cómo debo ser fuerte y nada me debe afectar.
A base de estos aprendizajes y temores nuevos, aprendí que me había olvidado de que era lo que quería yo. Retrocedí cien pasos como si hubiera caído en un pozo en algún juego de mesa que me volvió al principio, pero a golpes, aprendí que esto no era más que una oportunidad de cambiar y volver a empezar. Con mucha fuerza y fortaleza, aprendí que todo lo que había creído aprender era retroceder y que tenía que soltar para avanzar.
Pero entendí que no era tan fácil, que decirlo no era hacerlo y todavía me duele la garganta por el nudo cuando tengo miedo de contarle mis sueños a alguien o cuando dudo en buscar consuelo. Todavía no me animo a decir “Te amo” sino es en voz bajita y todavía camino unos pasos atrás de la otra persona, aunque de a ratos me adelanto un poquito. Aún no volví a escribir poemas de amor en hojas de carpeta, pero por ahí me guardo las servilletas de nuestro café favorito para anotar alguna frase de Neruda cuando me siento feliz. 
Aprendí que el amor era de a dos.
Aunque todavía me de miedo volver a entregar el corazón.
Pero al final, a fin de cuentas, aprendí.

Comentarios

Entradas populares