"Lo siento mucho".
En un intento vano por superar un duelo que, claramente, jamás voy a finalizar, escribí una serie de pensamientos, poesías y más, dedicados a la persona que hoy no habita más este horrible mundo.
Hace un año, atravesé un funeral de la forma más solitaria posible. No fue por falta de recurso humano deseando ser mi pañuelo de lágrimas, sino por mi necesidad imperiosa de creer que sólo estava viviendo una pesadilla más. No era real y si nadie a quien yo amara me lo decía, no había posibilidad de considerarlo como tal.
Por eso es por lo que me surgieron estas palabras.
Aquel recorrido tormentoso, rodeado de gente que lamentaba la pérdida de mi papá y hablaba maravillas de sus aventuras en vida ignorando mi presencia fue mi zona de confort antes del colapso. No había nadie que me consolara, familiares que me reconocieran, no había amigos que me abrazaran y cada integrante de mi familia tenía a su compañero a su lado.
Yo no.
Elegí morder el cierre de mi campera y apretar una foto de mi infancia con la mano metida en mis bolsillos.
No existía.
Biológicamente era una más en ese lugar. Para los hombres grandes yo era apenas el fantasma de una nena que ya habían olvidado y para el resto del mundo, al no caminar al lado del cajón, no contaba como una de los huérfanos de papá. No quería.
No podía.
Hasta que, tras la última despedida, cuando casi no quedaba nadie más que mis hermanos recibiendo los saludos y yo mirando las hermosas flores blancas, que no conbinarías nunca con la cara de mi viejo, una señora regordeta se acercó a mí con los ojos llorosos y una sonrisa triste.
"Lo siento mucho, mi chiquita. Vos sos la menor ¿no? Tu papá te amaba y siempre hablaba de vos, la que estudiaba en la Universidad ¿no?. Lamento tu pérdida, era un buen hombre".
Y me rompió.
El escudo que levanté con tanta fuerza, el hechizo que lancé para evitar avisarle a quienes, en el fondo, quería que estén allí, se rompió. No quería escuchar el lamento porque no quería hacerlo real y sacrifiqué mil abrazos por la soledad, a cambio de vivir en una mentira un par de horas más.
Pero aquellas palabras fueron el cachetazo más crudo que tuvieron el placer de impactarme en la mejilla.
Se hizo carne en mis huesos. Se hizo realidad.
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